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Tlamatini

El Malestar En La Cultura Parte 2

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136) Tal divorcio entre amor y cultura parece pues inevitable. Causas:

a.       Una de las principales finalidades que la cultura persigue es la aglutinación de los hombres en grandes unidades; pero la familia no esta dispuesta a renunciar al individuo. Cuanto más íntimos sean los vínculos en la familia, mayor será muchas veces la tendencia a alejarse de los demás (se quieren totalmente uno para el otro excluyendo toda posibilidad de un tercero; abp).

b.      La siguiente discordia es causada por las mujeres que no tardan en oponerse a la corriente cultural. Sin embargo son estas mismas mujeres las que originalmente establecieron el fundamento de la cultura, con las exigencias de su amor.

137) Las mujeres representan los intereses de la familia y la vida sexual; la obra cultural, en cambio, se convierte cada vez más en tarea masculina (Este punto de vista de Freud sobre la mujer es uno de los que más se le han criticado; no obstante, no hay que olvidar que cuando él escribió este texto –en 1930-, el inmovilismo de la mujer, producto de una sociedad machista extrema, era mucho más asfixiante que el actual, lo que, sin un análisis histórico por parte de Freud, tendía a producir una impresión de la mujer como la arriba asentada; abp), imponiendo a los  hombres dificultades crecientes y obligándolos a sublimar instintos, sublimación para la que las mujeres están escasamente dotadas.

138) Dado que el hombre no dispone de energía psíquica ilimitada, se va obligado a cumplir sus tareas mediante una adecuada distribución de la libido. La parte que consume para fines culturales la sustrae, sobre todo, a la mujer y a la vida sexual; la constante convivencia con otros hombres (en actividades políticas, artísticas, científicas, deportivas, etc.), aun llegan a sustraerlo de sus obligaciones de esposo y padre.

139) La mujer, viéndose así relegada a segundo término por las exigencias de la cultura, adopta frente a ésta una actitud hostil.

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140) La cultura occidental, por un lado tiende a restringir la vida sexual, y por el otro, a ampliar su radio de acción. Ya la primera fase cultural, el totemismo, trae consigo la prohibición de elegir objeto incestuoso, que quizá sea la más cruenta mutilación que haya sufrido la vida amorosa del hombre (la no relación sexual con su madre, su hermana, su suegra o su hija. Ver “Tótem y Tabú”; abp). Después vendrán más y más limitaciones.

141) En política como en psicología el temor a la rebelión de los oprimidos (en este caso como rebelión contra las restricciones culturales a lo sexual), induce a tomar medidas de precaución más rigurosas. Nuestra cultura europea occidental corresponde a un punto culminante de este aspecto.

142) Al comenzar por proscribir severamente las manifestaciones de la vida sexual infantil, actúa con plena justificación psicológica, pues la contención de los deseos sexuales del adulto, en represión, no sería posible si no fuera facilitada por una labor preparatoria desde la infancia.  

143) Así, en el individuo sexualmente maduro, la elección del objeto queda restringida al sexo contrario, y la mejor parte de las satisfacciones extragenitales son prohibidas como perversiones.

144) La imposición de una vida sexual identica para todos, pasa por alto las discrepancias de la constitución sexual innata o adquirida de los hombres, promoviendo con ello una gran injusticia y malestar contra la cultura.

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145) Pero aún el amor genital heterosexual, único que ha escapado a la participación hasta ahora, todavía es menoscabado por las restricciones de

1.            La legitimidad y

2.            De la monogamia.

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146) Desde luego, esta situación corresponde a un caso extremo, pues todos sabemos que en la práctica no puede ser realizada ni siquiera durante breve tiempo.

SOLO LOS SERES DEBILES SE SOMETIERON A TAN AMPLIA RESTRICCIÓN DE SU LIBERTAD SEXUAL.

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147) Y aún así, no se puede dudar que la vida sexual del hombre civilizado (?) ha sufrido un grave perjuicio, e incluso puede pensarse que con el tiempo desaparecen por falta de uso como está sucediendo a dientes y cabello.

--V--

148) La experiencia sicoanalítica ha demostrado que las personas llamadas neuróticas son las que menos soportan estas frustraciones de la vida sexual. Mediante sus síntomas (el "me duele aquí o allá" sin tener realmente ningún mal físico, de ahí que les llamen más bien enfermedades psicosomáticas; abp),. Se procuran satisfacciones sustitutivas (alcohol, drogas, alimento de manera obsesiva, etc.; abp) que paradójicamente sólo les deparan nuevos sufrimientos.

149) La oposición o rivalidad entre cultura y amor sexual, se deriva de que mientras la primera busca vincular entre sí el más amplio número de seres, la sexualidad, restringida por la propia cultura a dos de sexo opuesto, lleva a éstos a satisfacerse intensamente desviándolos de los demás, para volcar todo su potencial de amar sólo sobre una persona, de allí que cuando la cultura, sobre todo la cristiana, ordena “amaras a tu prójimo como a ti mismo” o “amaras a tu enemigo” (para intentar vincular o unir a cada vez más seres), orilla a los humanos a un enorme conflicto pues ni todas las personas merecen que las amemos (menos a las que nos dañan o nos son diametralmente opuestas en valores, conductas, etc.) y además, el placer intenso que logramos con la persona amada hace que queramos dedicarnos sólo a ella.

150) Los dos mandamientos cristianos señalados se derivan quizá de la poca información psicológica que se tenía antes y que generaba ideas tales como que “el hombre es una persona tierna y necesitada de amor”. Nada más falso. El hombre es un ser entre cuyas disposiciones instintivas destaca una buena porción agresiva.

151) Por consiguiente, el prójimo no representa para el hombre sólo un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimiento, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus dicen los griegos (“el hombre es lobo del hombre”), ¿Quién se atrevería a refutar este refrán después de todas las experiencias de la vida y de la historia?

152) Por regla general esta cruel agresividad sólo espera para desencadenarse, a que se le provoque. En condiciones que le sean favorables, cuando desaparecen las fuerzas psíquicas antagónicas que por lo general le inhiben, también puede manifestarse espontáneamente desenmascarando al hombre como una bestia salvaje que no conoce el menor respeto por los hombres de su misma especie (ejemplos: las crueldades de los hunos, los mongoles, los cruzados, las guerras mundiales, las torturas de los padres contra los hijos, etc., etc.).

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153) Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración (habría que preguntarse: si cultura y civilización significa, entre otras cosas, reducción drástica de la ley del más fuerte y control de la agresividad destructora y desintegradora sin razón ¿es Estados Unidos una nación culta y civilizada tanto dentro de sí misma como con respecto a sus relaciones con los demás países? abp). El interés que ofrece la comunidad del trabajo no basta para mantener su cohesión, pues las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales. La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre. De ahí pues el despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin (amistades, clubs, asociaciones culturales, políticas, artísticas, etc.); de ahí las restricciones a la vida sexual, y de ahí también el precepto ideal de amar al prójimo como a si mismo, que se justifica porque ninguno otro es como él, tan contrario y antagónico a la naturaleza humana. Sin embargo, a la fecha y por los resultados obtenidos se concluye que todos los esfuerzos de la cultura destinada a imponerlo aun no han logrado gran cosa. 

154) La cultura no pretende excluir la lucha y la competencia de las actividades humanas (este es uno de los señalamientos froidianos de mayor trascendencia pues el comunismo o su versión actual –el “socialismo real”- entendieron que precisamente lo que había que eliminar era la lucha para instaurar en el comunismo el reino de la armonía y la paz ya sin la lucha de clases. Abolieron por lo mismo la competencia –mediante la estatización y el centralismo- en la economía, la política, la educación, la ciencia, el arte, etc. Hoy que se han percatado del enorme atraso en que cayeron, están dando marcha atrás aceleradamente en esa concepción y sus materializaciones respectivas. No obstante, a nivel teórico y precisamente en los países que no lo han vivido, esa vieja concepción  de considerar como negativa la lucha-competencia sigue incólume -esta nota fue escrita antes de la caída de la URSS). Esos factores (lucha-competencia) seguramente son imprescindibles; pero la rivalidad no necesariamente significa hostilidad: sólo se abusa de ella para justificar a ésta.

155) Los comunistas creen haber descubierto el camino hacia la redención del mal. Según ellos, el hombre sería bueno de todo corazón pero la propiedad privada habría corrompido su naturaleza porque concede a unos el poderío, y con ello la tentación de abusar de los otros; excluidos de la propiedad deben sublevarse hostilmente contra sus opresores. Si se aboliera la propiedad privada, si se hiciera comunes los bienes, dejando que todos participaran de su provecho, desaparecería la hostilidad entre los seres humanos. No me concierne la crítica económica del sistema comunista… pero en cambio puedo reconocer como vana ilusión su hipótesis psicológica. Es verdad que el abolir la propiedad privada se sustrae a la agresividad uno de sus instrumentos más fuertes, pero de ningún modo el más poderoso de todos. Aún aboliendo la propiedad privada no se habrá eliminado el factor esencial que desencadena la agresividad.

156) El destino agresivo no es una consecuencia de la propiedad pues regía casi sin restricciones en la comunidad primitiva cuando la propiedad casi no existía.

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157) Por otro lado, aun si se eliminara la propiedad privada, todavía subsistirían los derechos derivados de las relaciones sexuales que necesariamente deben convertirse en fuente de la más intensa envidia y de la más intensa hostilidad. Si también se aboliera este privilegio (que ciertamente Marx planteo en su teoría que dejará de existir; abp), decretando la más completa libertad sexual, es decir, suprimiendo la familia, célula germinal de la cultura, entonces sí sería imposible predecir que nuevos caminos seguiría ésta; pero cualesquiera que ellos fueren, podemos aceptar (y advertir) que las inagotables tendencias intrínsecas de la naturaleza humana (en este caso un instinto de agresión), tampoco dejaría de perseguirlos.  

158) Retomando de lo que aún cuando fuese posible, estaría todavía muy lejos de poderse realizar, hay que proseguir entonces con el análisis de lo existente hasta hoy: un núcleo cultural más restringido le ofrece al hombre la muy apreciable ventaja de permitir la satisfacción de este instinto mediante la hostilidad frente a los seres que han quedado fuera de ese núcleo (partido, secta, familia, nación, etc.). Siempre se podrá vincular entre si al mayor numero de hombres, con la condición de que sobren otros en quienes descargar los golpes (la cuota de agresión siempre existente y que, salvo excepciones, parecería imposible evitar sacar).

159) Un ejemplo: una vez que el apóstol Fabio hubo hecho del amor universal por la humanidad el fundamento de la comunidad cristiana, surgió como consecuencia ineludible la más extrema intolerancia del cristianismo contra todos los que no lo fueran; en cambio los romanos, cuya organización estatal no se basaba en el amor, desconocían la intolerancia religiosa (lo mismo puede, decirse de las culturas del Anáhuac; como prueba, la actitud del segundo Moctezuma de mandar edificar un templo exclusivamente para las deidades de otros pueblos; abp). Tampoco fue por incomprensible azar que el sueño de supremacía mundial germana recurriera como complemento a la incitación del antisemitismo; por fin, nos parece harto comprensible el que la tentativa de instaurar en Rusia una nueva cultura comunista recurra a la persecución de los burgueses como apoyo psicológico. Pero nos preguntamos, preocupados, ¿qué harán los soviets una vez que hayan exterminado totalmente a sus burgueses? (¿comenzarán inevitablemente a exterminarse entre sí?... así sucedió: Stalin; abp).

160) Cabe esperar que poco a poco logremos imponer a nuestra cultura modificaciones que satisfagan mejor nuestras necesidades y que escapen a fuertes limitaciones que ahora tiene. Pero quizá convenga que nos familiaricemos también con la idea de que existen dificultades inherentes a la esencia misma de la cultura e inaccesibles a cualquier intento de reforma.

161) Además de la necesaria limitación instintual que ya estamos dispuestos a aceptar, nos amenaza el peligro de un estado que podríamos denominar “miseria psicológica (emocional, intelectual y espiritual; abp) de las masas”. Este peligro es más inminente cuando las fuerzas sociales de cohesión consisten primordialmente en identificaciones mutuas entre los individuos de un grupo, mientras que los personajes dirigentes no asumen el papel importante que deberían desempeñar en la formación de la masa. La presente situación cultural de los Estados Unidos ofrecería una buena oportunidad para estudiar este temible peligro que amenaza a la cultura.  

--VI--

162) En la completa perplejidad de mis estudios iniciales, me ofreció un primer punto de apoyo el aforismo de Schiller, el poeta filósofo, según el cual “hambre y amor” harán girar coherentemente al mundo. Bien podía considerar el hombre como representante de aquellos instintos que tienden a conservar al individuo; el amor en cambio, tiende hacia los objetos: su función primordial reside en la conservación de la especie.

163) Así, desde un principio se me presentaron en mutua oposición los instintos del yo y los instintos objetables. Para designar la energía de los últimos, y exclusivamente para ella, introdujo el término libido; con esto la polaridad quedó planteada entre los instintos del yo y los instintos libidinosos, dirigidos a objetos, o pulsiones amorosas en el más amplio sentido.

164) Sin embargo, uno de estos instintos objétales, el sádico, se distinguía de los demás porque su fin no era en modo alguno amoroso, y además establecía múltiples y evidentes coaliciones con los instintos del yo, manifestando su estrecho parentesco con pulsiones de posesión o apropiación, carentes de propósitos libidinales.

165) Pero esta discrepancia pudo ser superada; a todas luces, el sadismo forma parte de la vida sexual, y bien puede suceder que el juego de la crueldad sustituya al del amor. La neurosis venía a ser la solución de una lucha entre los intereses de la autoconservación y las exigencias de la libido.

166) Cuando nuestra investigación progresó de lo reprimido a lo represor, de los instintos objétales al yo, fue imprescindible llevar a cabo cierta modificación. El factor decisivo de este progreso fue la introducción del concepto narcismo, es decir, el reconocimiento de que también el yo está impregnado de libido; más aún: que primitivamente el yo fue lugar de origen y en cierta medida sigue siendo su cuartel central.

167) El siguiente paso adelante lo di en “Más Allá Del Principio Del Placer” (1930), cuando por vez primera mi atención fue despertada por el impulso de repetición y por el carácter conservador de la vida instintiva. Partiendo de ciertas especulaciones sobre el origen de la vida y sobre determinados paralelismos biológicos, deduje que, además del instinto que tiende a conservar la sustancia viva y a condensarla en unidades cada vez mayores, debía existir otro, antagónico de aquel, que tendiese a disolver estas unidades y a retornarlas al estado más primitivo, inorgánico.

168) De modo que además del Eros habría un instinto de muerte; los fenómenos vitales podrían ser explicados por la interacción y el antagonismo de ambos. Pero no era nada fácil demostrar la actividad de este hipotético instinto de muerte.

169) Progresé algo más, aceptando que una parte de este instinto se oriente contra el mundo exterior, manifestándose entonces como impulso de agresión y destrucción. De tal manera, el propio instinto de muerte sería puesto al servicio de Eros, pues el ser vivo destruiría algo exterior en lugar de destruirse a si mismo. Por el contrario, al sacar esta agresión contra el exterior tendría que aumentar por fuerza la autodestrucción, proceso que de todos modos actúa constantemente.

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170) Al mismo tiempo, podíase deducir de este ejemplo que ambas clases de instintos raramente –o quizá nunca- aparecen en mutuo aislamiento, sino que se amalgama entre sí, en proporciones distintas, tornándose de tal modo irreconocibles para nosotros. En el sadismo, admitido desde hace tiempo como instinto parcial de la sexualidad (¡!) nos encontraríamos con semejante amalgama particularmente sólida entre impulso amoroso e instintivo de destrucción; lo mismo sucede con su símil antagónico, el masoquismo, que representa una amalgama entre la destrucción dirigida hacia dentro y la sexualidad, a través de la cual aquella tendencia destructiva, de otro modo inapreciable, se hace perceptible.

171) Cuando la idea del instinto de destrucción apareció por vez primera en la literatura psicológica, recuerdo que puse resistencia y que tardé en aceptarla. Por eso no me sorprende que también otros hayan mostrado idéntica aversión y que aún sigan manifestándola. Pues a quienes creen en los cuentos de hadas no les agrada oír mentar la ingrata inclinación del hombre hacia “lo malo”, a la agresión, a la destrucción y con ello también hacia la crueldad (si esta hipótesis es confiable, la teoría del “Socialismo científico” denotaría ignorancia e ingenuidad; abp). ¿Acaso Dios no nos creó a imagen de su propia perfección? Pues por eso nadie quiere que se recuerde cuán difícil resulta conciliar la existencia del mal con la omnipotencia y la soberana bondad de Dios. El Diablo aun sería el mejor subterfugio para disculpar a Dios, pues desempeñaría la misma función económica de descarga (hacia fuera para no voltearla hacia dentro) que el judío cumple en el mundo de los ideales arios. Pero aun así se podría pedir cuentas a Dios tanto de la existencia del Diablo como del mal que encarna.

172) El termino libido puede seguir aplicándose a las manifestaciones del Eros para discernirlas o diferenciarlas de la energía inherente al instinto de muerte. Cabe confesar que nos resulta mucho más difícil captar este último y que, en cierta manera, únicamente lo conjeturamos como una especie de residuo o remanente oculto tras el Eros, sustrayéndose a nuestra observación toda vez que no se manifieste en amalgama con el mismo.

l73) En el sadismo, donde desvía a su manera y conveniencia el fin erótico, sin dejar de satisfacer por ello el impulso sexual, logramos el conocimiento más diáfano de su esencia y de su reacción con el Eros. Pero aun donde aparece sin propósitos sexuales, son en la más ciega furia destructiva se acompaña de extraordinario placer narcisista, pues ofrece el yo la realización de sus más arcaicos deseos de omnipotencia.

174) En todo lo que sigue acotaré pues, el punto de vista de que la tendencia agresiva es una disposición definitiva innata y autónoma del ser humano; además, retomo ahora mi afirmación de que aquélla constituye el mayor obstáculo con que tropieza la cultura.

175) En el curso de esta investigación se nos impuso alguna vez la intuición de que la cultura sería un proceso particular que se desarrollos sobre la humanidad. Añadiremos que se trata de un proceso puesto al beneficio de Eros, destinado a condensar en una unidad vasta, en la humanidad, a los individuos aislados, luego a las familias, las tribus, los pueblos y las naciones.

176) Estas masas humanas han de ser vinculadas libidinalmente, pues ni la necesidad por sí sola ni las ventajas de la comunidad de trabajo bastarían para mantenerlas unidas. Pero el natural instinto humano de agresión, la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno, se opone a este designio de la cultura. Dicho instinto de agresión es el descendiente y principal representante del instinto de muerte, que hemos hallado junto al Eros y que con él comparte la denominación del mundo.

177) Pasando a otro aspecto particular ¿a qué recursos apela la cultura para coartar la agresión que le es antagónica, para hacerla inofensiva y quizá para eliminarla? Ya conocemos algunos de estos métodos, pero seguramente aún ignoremos el que parece más importante. Podemos estudiarlo en la historia evolutiva del individuo. ¿Qué ha sucedido para que sus deseos agresivos se tornaran inocuos? Algo sumamente curioso, que nunca habríamos sospechado y que, sin embargo, es muy natural. La agresión es introyectada, internalizada, devuelta en realidad al lugar de donde procede: es dirigida contra el propio yo, incorporándose a una parte de éste, que es calidad de superyo se opone a la parte restante, y asumiendo la función de “conciencia” (moral), despliega frente al yo la misma dura agresividad que el yo habría satisfecho en individuos extraños.

178) La tensión creada entre el severo súper yo y el yo subordinado al mismo, la calificamos de sentimiento de culpabilidad y se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo. Por consiguiente la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada (¡!).

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179) Uno se siente culpable (los creyentes dicen “en pecado”) cuando se ha sometido algo que se considera “malo”. También podrá considerarse culpable quien no haya hacho nada malo sino tan sólo reconozca en sí la intención de hacerlo; en tal caso se planteará la pregunta de por qué se equipara aquí el propósito con la realización. Pero ambos casos presuponen que ya se haya reconocido la maldad como algo condenable, como algo a excluir de la realización, más ¿cómo se llega a esta decisión? Podemos rechazar el bien del mal. Muchas veces lo malo ni siquiera es lo nocivo o peligroso para el yo, sino, por el contrario, algo que éste desea y que le procura placer.

180) Aquí se manifiesta una influencia ajena y externa, destinada a establecer lo que debe considerarse como bueno y como malo. El hombre debe tener algún motivo poderoso para subordinarse a esta influencia extraña (y muchas veces contrario a la felicidad). Podremos hallarlo fácilmente en su desamparo y en su dependencia de los demás; la denominación que mejor le cuadra en la de “miedo a la pérdida de amor”.

181) Cuando el hombre pierde el amor del prójimo, de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros (de ahí el poder de la madre frente al niño ante el “ya no te quiero”) y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo, más poderoso que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo. Así pues, lo malo es, (no lo perjudical en sí, sino) originalmente, aquello por lo cual uno es amenazado con la perdida del amor.

182) Por eso no importa mucho si realmente hemos hecho el mal o si sólo nos proponemos hacerlo; en ambos casos sólo aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto. De ahí que los adultos se permitan regularmente hacer cualquier mal que les ofrezca ventaja, siempre que estén seguros de que la autoridad no los descubrirá o nada podrá hacerles, de modo que su temor se refiere exclusivamente a la posibilidad de ser descubiertos. En general, la sociedad de nuestros días se ve obligada a aceptar este estado de cosas.

183) Solo se produce un cambio fundamental cuando la autoridad es internalizada al establecerse un súper yo. Con ello, los fenómenos de la conciencia moral son elevados a un nuevo nivel, y en paridad sólo entonces se tiene derecho a hablar de conciencia moral y de sentimiento de culpabilidad.

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184) En esta fase también deja de actuar el temor a ser descubierto y la diferencia entre hacer y querer el mal, pues nada puede ocultarse ante el súper yo, ni siquiera los pensamientos. El súper yo, tortura al pecaminoso yo, con las mismas sensaciones de angustia y está al acecho de oportunidades para hacerla castigar por el mundo exterior.

185) En esta segunda fase evolutiva, la conciencia moral denota una particularidad que faltaba en la primera. En efecto, se comporta tanto más severa y desconfiadamente cuanto más virtuoso es el hombre, de modo que quienes han llegado más lejos por el camino de la santidad son precisamente los que se acusan de la peor pecaminosidad. La virtud pierde así una parte de la recompensa que se le prometiera; el yo sumiso y austero no goza de la confianza de su mentor y se esfuerza, al parecer en vano, por ganarla… sobre todo porque la tentación no hace sino aumentar en intensidad bajo las constantes privaciones, mientras que al concedérsele satisfacciones ocasionales, se atenúa, por lo menos transitoriamente.

186) Otro hecho del terreno de la ética, tan rico en problemas, es el de que la adversidad, es decir, la frustración exterior, intensifica enormemente el poderío de la conciencia en el súper yo; mientras la suerte sonríe al hombre, su conciencia moral es indulgente y concede grandes libertades al yo; en cambio, cuando la desgracia le golpea, hace examen de conciencia moral, se impone privaciones y se castiga con penitencias.

187) Pueblos enteros se han conducido y aún siguen conduciéndose de idéntica manera, pero esta actitud se explica fácilmente remontándose a la fase infantil primitiva de la conciencia, que como vemos, no se abandona del todo una vez intoyectada a el súper yo.

188) El destino es considerado como un sustituto de la instancia paternal: si nos golpea la desgracia, significa que ya no somos amados por esta autoridad máxima, y amenazados por semejante pérdida de amor, volvemos a someternos al representante de los padres en el súper yo, el que habíamos pretendido desdeñar cuando gozábamos de la felicidad.

189) Todo esto se revela con particular claridad cuando, en estricto sentido religioso, no se ve en el destino sino una expresión de la voluntad divina. El pueblo de Israel se consideraba hijo predilecto del Señor, y cuando este Gran Padre lo hizo sufrir desgracia tras desgracia, de ningún modo llegó a dudar de esa relación privilegiada con Dios ni de su poderío y justicia, sino que como los profetas, que debían reprocharle al pueblo de su pecaminosidad, e hizo surgir de su sentimiento de culpabilidad los severísimos preceptos de la religión sacerdotal.

190) Es curioso, pero ¡de qué distinta manera se conduce el hombre primitivo!: cuando le ha sucedido una desgracia, no se culpa a si mismo sino al fetiche, que evidentemente no ha cumplido su cometido. Y lo muele a golpes en lugar de castigarse a si mismo (¡!).

191) Tenemos entonces dos orígenes del sentimiento de culpabilidad; uno es el miedo de la autoridad; el segundo, más reciente, es el temor al súper yo. El primero obliga a renunciar a la satisfacción de los instintos; el segundo impulsa, además, al castigo, dado que no es posible ocultar ante el súper yo, la persistencia de los deseos prohibidos. Por otra parte, ya sabemos cómo ha de comprenderse la severidad del súper yo, es decir, el rigor de la conciencia moral. Esta continúa simplemente la severidad de la autoridad exterior, relevándola y sustituyéndola en parte. Advertimos ahora la relación que existe entre la renuncia a los instintos y el sentimiento de culpabilidad. Originalmente, la renuncia instintual es una consecuencia del temor a la autoridad exterior; se renuncia a satisfacciones para no perder el amor de ésta. Una vez cumplida esa renuncia, se han saldado las cuentas con dicha autoridad y ya no tendría que sustituir ningún sentimiento de culpabilidad. Pero no sucede lo mismo con el miedo al súper yo. Aquí no basta la renuncia a la satisfacción de los instintos, pues el deseo correspondiente persiste y no puede ser ocultado ante el súper yo. En consecuencia, no dejará de surgir el sentimiento de culpabilidad, pese a la renuncia cumplida, circunstancia ésta que representa una gran desventaja económica (de la libido) de la instauración del súper yo, o, en otros términos, de la génesis de la conciencia moral. La renuncia instintual ya no tiene pleno efecto absolvente; la virtuosa abstinencia ya no es recompensada con la seguridad de conservar el amor,

Y EL INDIVIDUO HA TROCADO UNA CATÁSTROFE EXTERIOR Y AMENAZANTE –PERDIDA DE AMOR Y CASTIGO POR LA AUTORIDAD EXTERIOR-, POR UNA DESGRACIA INTERIOR PERMANENTEMENTE: LA TENSIÓN DEL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD. 

192) Hasta aquí todo es muy claro (¡!); pero ¿dónde ubicar en este esquema el reforzamiento de la conciencia moral por la influencia de las adversidades exteriores –es decir, de las renuncias impuestas desde afuera-; como explicar la extraordinaria intensidad de la conciencia en los seres mejores y más dóciles? He aquí el momento de introducir una idea enteramente propia del psicoanálisis y extraña al pensar común. El enunciado de esta idea nos permitirá comprender al punto por qué el tema debía parecernos tan confuso e impenetrable; en efecto, nos dice que si bien al principio la conciencia moral (más exactamente: la angustia, convertida después en conciencia) es la causa de la renuncia a los instintos, posteriormente esta situación se invierte: toda renuncia instintual se convierte entonces en una fuente dinámica de la conciencia moral: toda nueva renuncia a la satisfacción aumenta su severidad y su intolerancia.

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193) A fin de plantear más fácilmente el problema, recurramos al ejemplo del instinto de agresión y aceptemos que en estas relaciones se ha de tratar siempre de una renuncia a la agresión. Hipótesis provisional: el efecto de la renuncia instintual sobre la conciencia moral se fundaría en que cada parte de agresión a cuyo cumplimiento renunciamos es incorporada por el súper yo, acrecentando su agresividad (contra el yo).

194) Esta proporción no concuerda perfectamente con el hecho de que la agresividad original de la conciencia moral es una continuación de la severidad con que actúa la autoridad exterior, pero podemos eliminar tal discrepancia aceptando un origen distinto para esta primera provisión de agresividad del súper yo, Este debe haber desarrollado considerables tendencias agresivas contra la autoridad que privara al niño de sus primeras y más importantes satisfacciones.

195) Bajo el imperio de la necesidad, el niño se vio obligado a renunciar también a esta agresión vengativa, sustrayéndose a una situación económicamente tan difícil, mediante el recurso que le ofrecen los mecanismos (psicológicos) conocidos: incorpora, identificándose con ella, a esta autoridad inaccesible, que entonces se convierte en súper yo, y éste se apodera de toda agresividad que el niño gustosamente habría desplegado contra esa autoridad.

--VIII--

196) Conviene así destacar, al sentimiento de culpabilidad, como el problema más importante de la evolución cultural, señalando que el precio pagado por el progreso de la cultura reside en la perdida de felicidad por aumento del sentimiento de culpabilidad.

197) El estudio de la neurosis, nos revela situaciones harto contradictorias. En una de estas afecciones, la neurosis obsesiva, el sentimiento de culpabilidad se impone a la conciencia con excesiva intensidad, dominando tanto el cuadro clínico como la vida entera del enfermo. Pero en la mayoría de los casos y formas restantes de la neurosis el sentimiento de culpabilidad permanece enteramente inconsciente, sin que sus efectos sean por ello menos intensos. Los enfermos no nos creen cuando les atribuimos un “sentimiento inconsciente de culpabilidad”; para que lleguen a comprendernos, aunque sólo sea en parte, les explicamos que el sentimiento de culpabilidad se expresa como necesidad inconsciente de castigo… que en algunos casos sólo alcanzan a sentirlo como torturante malestar, o como una especie de angustia, cuando se les impide la ejecución de determinados actos.

198) El sentimiento de culpabilidad no es sino una variante topográfica de la angustia y que en fases ulteriores coincide por completo con el miedo al súper yo.

199) Siempre hay angustia oculta tras los síntomas, pero mientras en ciertas ocasiones acapara ruidosamente todo el campo de la conciencia, en otras se oculta (angustia inconciente).

200) El sentimiento de culpabilidad engendrado por la cultura no se percibe como tal, permanece inconciente en gran parte, o se expresa como malestar o un descontento que se atribuye a otras motivaciones.

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201) Las religiones jamás han dejado de reconocer la importancia del sentimiento de culpabilidad para la cultura, denominándolo “pecado” y pretendiendo librar de él a la humanidad (y quizá sólo han logrado en grado extremo lo contrario; abp):

202) La forma en que el cristianismo obtiene esta redención: por la muerte sacrificial de un individuo que asume así la culpa común a todos (Cristo). Quizá esta fue la ocasión en la cual esta protoculpa original pudo haber sido adquirida por vez primera, ocasión que habría sido también el origen de la cultura (occidental).

203) Conviene aquí aclarar algunos términos:

a)      SUPER YO: es una instancia psíquica inferida por nosotros; representa la instauración interior de la autoridad externa.

b)      CONSCIENCIA: es una de las funciones que le atribuimos al Súper Yo; está destinada a vigilar los actos y las intenciones del yo, juzgándolos y ejerciendo una actividad censoria.

c)     SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD: representa la severidad del Súper Yo; equivale al rigor de la conciencia; en la percepción que tiene el yo de esta vigilancia que se le impone, es su apreciación de las tensiones entre sus propias tendencias y las exigencias de Súper Yo.

d)      ANGUSTIA: es subyacente a todas estas relaciones; es el miedo a esta instancia crítica, o sea, la necesidad de castigo que es una manifestación instintiva del yo que se a tornado masoquista bajo la influencia del Súper Yo sádico; es una parte del impulso a la destrucción interna que posee el yo y que utiliza para establecer un vinculo erótico con el Súper Yo; la angustia es entonces la expresión directa e inmediata del temor ante la autoridad exterior, el reconocimiento de la tensión entre el yo y ésta última; es el producto directo del conflicto entre la necesidad de amor parental y la tendencia a la satisfacción instintual, cuya prohibición engendra agresividad.

e)      REMORDIMIENTO: término global para designar la reacción del yo en un caso especial de sentimiento de culpabilidad, incluyendo el material sensitivo casi inalterado de la angustia que actúa tras aquél; por consiguiente, también el remordimiento puede ser anterior al desarrollo de la conciencia moral.

204) El sentimiento de culpabilidad es fruto, en unos casos, de las agresiones coartadas, reprimidas, no sacadas; en otros, en su origen histórico –el asesinato del padre, el parricidio-, resulta de una agresión si realizada.

205) Los síntomas de la neurosis son, esencia, satisfacciones sustitutivas de deseos sexuales no realizados.

206) Quizá toda neurosis oculta cierta cantidad de culpabilidad inconsciente, el cual a su vez refuerza los síntomas al utilizarlos como castigo. Cabe pues formular la siguiente proposición: cuando un impulso instintual sufre represión, sus elementos libidinales se convierten en síntomas y sus componentes agresivos, en sentimientos de culpabilidad.

207) La evolución del individuo sustenta como fin principal el programa del principio del placer, es decir, la prosecución de la felicidad, mientras que la inclusión del individuo en una comunidad humana o la adaptación a la misma aparece como un requisito casi ineludible que ha de ser cumplido para alcanzar el objetivo de la felicidad, sólo que, paradójicamente esta inclusión le impone crecientes renuncias o prohibiciones, de ahí que para él sería mucho mejor si esta condición pudiera ser eliminada. En otros términos, la evolución individual se nos presenta como el producto de la interferencia entre dos tendencias: la aspiración a la felicidad, que solemos calificar de “egoísta”, y el anhelo de fundirse con los demás en una comunidad, que llamamos “altruista”. Ambas designaciones no pasan de ser superficiales.

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208) Como ya lo hemos dicho, en la evolución individual el acento suele recaer en la tendencia egoísta o de felicidad, mientras que la otra, que podríamos designar “cultural”, se limita generalmente a instituir restricciones. Muy distinto es lo que sucede en el progreso de la cultura. El objetivo de establecer una unidad formada por individuos humanos es, con mucho, el más importante, mientras que el de la felicidad individual, aunque subsiste, es desplazado a segundo plano; casi parecería que la creación de una gran comunidad humana podría ser lograda con mayor éxito si se hiciera abstracción de la felicidad individual (¡).

209) Tal como fatalmente deben combatirse entre sí en cada individuo las dos tendencias antagónicas –la de la felicidad individual y la de la unión humana- , así también han de enfrentarse por fuerza, disputándose el terreno, ambos procesos evolutivos: el del individuo y el de la cultura.

210) Pero esta lucha entre individuos y sociedad no es hija del antagonismo, quizá inconciliable, entre los protoinstintos, entre Eros y Muerte, sino que responde a un conflicto en la propia economía de la libido, el conflicto comparable a la disputa por el reparto de la libido entre el yo y los objetos.

211) No obstante las penurias que actualmente impone a la existencia del individuo, la contienda puede llegar en éste a un equilibrio infinitivo que, según esperamos, también alcanzara en el futuro de la cultura.

212) Aún puede llevarse mucho más lejos la analogía entre el proceso cultural y la evolución del individuo, pues cabe sostener que también la comunidad desarrolla un Súper Yo bajo cuya influencia se produce la evolución cultural.

213) El Súper Yo de una época cultural determinada tiene un origen análogo el del Súper Yo individual, pues se funda en la impresión que han dejado los grandes personajes conductores, los hombres de abrumadora fuerza espiritual o aquellos en los cuales alguna de las aspiraciones humanas básicas llegó a expresarse con máxima energía y pureza, aunque, quizá por eso mismo, muy unilateralmente.

214) En muchos casos la analogía llega aún más lejos, pues con regular frecuencia, esos personajes han sido denigrados, maltratados, o aun despiadadamente eliminados por sus semejantes, suerte similar a la del protopadre, que sólo mucho tiempo después de su violenta muerte asciende a la categoría de divinidad. La figura de Jesucristo es, precisamente, el ejemplo más cabal de semejante doble destino (podríamos agregar otros tres casos cuando menos en los que se cumplan los anteriores señalamientos: Sócrates, Quetzalcóatl y Gandhi; abp), siempre que no sea por ventura una creación mitológica surgida bajo el oscuro recuerdo de aquel homicidio primitivo.

215) Otro elemento coincidente reside en que el Súper Yo cultural, a entera semejanza con el individual, establece rígidos ideales cuya violación es castigada con la “angustia de conciencia”.

216) El Súper Yo cultural ha elaborado sus ideales y erigido sus normas. Entre éstas, las que se refieren a las relaciones de los seres humanos entre sí están comprendidas en el concepto de la Ética.

217) En todas las épocas se dio el mayor valor a estos sistemas éticos, como si precisamente ellos hubieran de colmar las máximas esperanzas. En efecto, la Ética aborda aquel punto que es fácil reconocer como el más vulnerable de toda la cultura.

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218) Por consiguiente, debe ser concebida como una tentativa terapéutica, como un ensayo destinado a lograr mediante un imperativo del Súper Yo lo que antes no pudo alcanzar la restante labor cultural. Ya sabemos que en este sentido el problema consiste en eliminar el mayor obstáculo con que tropieza la cultura: la tendencia constitucional de los hombres a agredirse mutuamente. De ahí el particular interés que tiene para nosotros el quizá más reciente precepto del Súper Yo cultural: “Amaras al prójimo como a ti mismo”.

219) La investigación y el tratamiento de las neurosis nos han llevado a sustentar dos acusaciones contra el Súper Yo del individuo: con la severidad de sus preceptos y prohibiciones se despreocupa demasiado de la felicidad del yo, pues no toma debida cuenta de las resistencias contra el cumplimiento de aquéllos, de la energía instintiva del Ello, y de las dificultades que ofrece el mundo real. Por consiguiente, el perseguir nuestro objetivo terapéutico, muchas veces nos vemos obligados a luchar contra el Súper Yo, esforzándonos en atenuar sus pretensiones.

220) Podemos poner objeciones muy análogas contra las exigencias éticas del Súper Yo cultural. Tampoco éste se preocupa bastante por la constitución psíquica del hombre, pues instituye un precepto y no se preocupa si al ser humano le será posible cumplirlo. Acepta, más bien, que el yo del hombre le es psicológicamente posible realizar cuanto se le encomiende; que el yo goza de ilimitada autoridad sobre su Ello. He aquí un error, pues aun en los seres pretendidamente normales la dominación sobre el Ello no puede exceder determinados límites. Si las exigencias los sobrepasan, se produce en el individuo una rebelión o una neurosis, o se le hace infeliz.

221) El mandamiento “Amaras al prójimo como a ti mismo” es el rechazo más intenso de la agresividad humana y constituye un excelente ejemplo de la actitud antipsicológica que adopta el Súper Yo cultural. Ese mandamiento es irrealizable. Tamaña inflación del amor no puede menos que menoscabar su valor, pero de ningún modo conseguirá remediar el mal. La cultura se despreocupa de todo esto, limitándose a decretar que, cuanto más difícil sea obedecer el precepto, tanto más merito tendrá su acatamiento. Pero quien en el actual estado de la cultura se ajuste a semejante regla, no hará sino colocarse en una situación desventajosa frente a todos aquellos que la violen (si ante quien te explota, te roba o te golpea reaccionas besándole la mano ¡magnifico para el agresor…” en el actual estado de la cultura”!; abp).

222) ¡Cuán poderoso obstáculo cultural debe ser la agresividad si su rechazo puede hacernos tan infelices como su realización!

223) De nada nos sirve aquí la pretendida Ética “natural”, fuera de que nos ofrece la satisfacción narcista de poder considerarnos mejores que los demás.

224) La ética basada en la religión, por su parte, nos promete un más allá mejor, pero pienso que predicará en desierto mientras la virtud no rinda sus frutos ya en esta tierra.

225) También yo considero indudable que una modificación objetiva de las relaciones del hombre con la propiedad sería en este sentido más eficaz que cualquier precepto ético; pero los socialistas malogran tan justo reconocimiento, desvalorizándolo en su realización, al incurrir en un nuevo desconocimiento idealista de la naturaleza human.

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226) La investigación analítica de las neurosis (sociales) bien podría conducir a planes terapéuticos (globales) de gran interés práctico y en modo alguno me atrevería a sostener que semejante tentativa de transferir el psicoanálisis a la comunidad cultural sea insensatez o esté condenada a la esterilidad.

227) Una limitación en cuanto a lo anterior: ¡de qué sirve el análisis más penetrante de las neurosis sociales si nadie posee la autoridad necesaria para imponer a las masas la terapia correspondiente? Pese a todas estas dificultades, podemos esperar que algún día alguien se atreva a emprender semejante patología de las comunidades culturales (¡!).

228) Múltiples y variados motivos excluyen de mis propósitos cualquier intento de valoración de la cultura humana: los juicios estimativos de los hombres son infaliblemente orientados por sus deseos de alcanzar la felicidad, constituyendo pues, tentativas destinadas a fundamentar sus ilusiones con argumentos.

229) El destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si –y hasta que punto- el desarrollo cultural lograra hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción.

230) En este sentido, la época actual quizá parezca de nuestro particular interés. Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en al dominio de las fuerzas elementales, que con su ayuda seria fácil exterminarse mutuamente hasta el ultimo hombre (después de que Freud escribió esto, estalló la segunda guerra mundial con su saldo de 50 millones de muertos… cuando aún se estaba lejos de alcanzar el enorme potencial destructivo de finales de siglo XX, que a cada instante cualquier mecha  parece que finalmente lo hará estallar; abp). Bien lo saben los hombres, y de ahí buena parte de su presente agitación, infelicidad y angustia. Sólo nos queda esperar que la otra de ambas “Potencias Celestiales”, el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha a su no menos inmortal adversario. Más ¿quién podría augurar el desenlace final?

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